¿Eligió María donde nacería Jesús?

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¿El pesebre fue elección de María?

Fuente: Breve curso de Mariología - Pedro García, cmf

Belén nos fascina con sus encantos, y hemos de darle una mirada en estas notas sobre María. Con las gentes que fueron por aquellos días del censo, la hospedería pública era el lugar menos propicio para el acontecimiento que a José y María se les echaba encima. Y una casa particular, tampoco, por más que en Oriente no se negaba el hospedaje a nadie. Fue de seguro iniciativa de María el alquilar una de las cuevas naturales que rodeaban la población, y que estaría libre de animales. Es auténtica, sin discusión, la cueva actual sobre la que está edificada la Basílica de la Natividad de Jesús. El pesebre pudo ser una de las cavidades hendidas en la misma roca a la altura propia para la co-mida de las bestias, tal como se ven todavía hoy. Allí fue depositado el niñito recién nacido, y allí lo encontraron los pastores cuando se hizo de día y lo fue-ron a visitar, conforme a lo del ángel: “Y aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12).
María y José no vieron el ejército de los ángeles que cantaban por los cielos de Belén aquella noche. Se lo contaron los pastores en su visita. Estos pastores procedían de unas cuevas amplias en la dilatada llanura que se extiende debajo de Belén hasta el monte donde se erguía el suntuoso Herodium, palacio del siniestro rey Herodes. Y eso de la fantasía popular, hacer que los pastores lle-ven algún cordero y requesón y otros obsequios al recién nacido, no es nada fuera de tono. En Oriente era impensable ir a visitar al rey sin llevarle el con-sabido regalo. Y los pastores que iban ahora a ver al “Mesías, al Señor” le lle-vaban lo que tenían a mano, algo de sus rebaños, y que a José y María les sir-vió de alivio en aquellas circunstancias en que carecían de todo.

La espada de Simeón es ciertamente el dolor que va a sufrir María a lo largo de toda su vida al lado de Jesús, incluido el Calvario. Pero hay que saber lo que significaba “espada” en la Biblia, y en especial en el Nuevo Testamen-to, aparte de la “espada” del soldado o el policía. Era la espada simbólica que dividía en dos a buenos y malos, a fieles e infieles a Yahvé. Según la interpre-tación moderna, aquí en Simeón expresa el juicio que va a establecer Jesús con su palabra, su ejemplo, su sacrificio: unos van a caer abandonando al Me-sías que Dios les manda, otros se van a mantener fieles al mensaje evangélico. María, como signo excelso, estará siempre con la parte fiel.
Sin embargo, no se equivocan ni la piedad ni la teología cuando atribuyen esa espada al dolor de la Virgen, sobre todo en el Calvario. Ese discernimien-to que lleva a muchos al rechazo de Jesús se realizaba con la persecución, la calumnia y el abandono de que era objeto Jesús, y que llegó a su colmo con la pasión y muerte en la cruz, todo lo cual le hizo sufrir a María lo indecible.
Por otra parte, María se constituye en Imagen magnífica de la Iglesia (lec-ción 19). El mundo está dividido en dos, la espada sigue simbolizando a los fieles e infieles a Cristo, mientras la Iglesia, como María, sufre por ello la per-dición de muchos hijos suyos.

Los Magos son escena aparte. José y María con el niño vivieron en la cueva sólo el tiempo imprescindible. Por lo visto, José decidió instalarse en Belén en vez de regresar a Nazaret y alquiló o compró casa propia. Habían pasado algunos meses, quizá un año largo, cuando vino el hecho de los Ma-gos, que, para “el Rey de los judíos, cuya estrella hemos visto en Oriente”, traían también regalos de “oro, incienso y mirra”, algo más valiosos que los de los humildes pastores, y que fueron también una providencia de Dios ante el imprevisto viaje que les esperaba hasta Egipto a los tres fugitivos. Seguro que no irían solos, sino que se meterían en alguna de las continuas caravanas que se dirigían a las ciudades, Alejandría sobre todo, que llenaban las tierras que rodean el delta del Nilo, donde había abundantes colonias de judíos. Y allí, después de un viaje durísimo por la estepa y el desierto, vivieron los desterra-dos bastantes meses, hasta que le llegó a José el aviso del ángel de que podía regresar a su patria porque había muerto el cruel Herodes. Ya en Palestina, se entera José de que en Judea reinaba Arquelao, del que se temía que iba a ser tan malo como su padre, y, sin detenerse en Belén, prefirió ir hasta Galilea para instalarse definitivamente en Nazaret.

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